Cuando les decimos a nuestros hijos que estamos agotados, que nos están poniendo nerviosos, que con ese comportamiento nos dejan sin energía o que nos están tratando mal y nos hacen daño... quizá no nos damos cuenta del miedo que esa información puede despertar en ellos o de cómo procesan esa información y se sienten culpables, avergonzados y temen verse lo suficientemente poderosos como para, sin querer, destruirnos.
Quizá les estamos diciendo cómo sufrimos al ver sus reacciones/derrumbes/protestas/peleas entre hermanos... en un esfuerzo lleno de angustia que pretende hacer que paren, que lo reconsideren y que tomen conciencia de su actitud. "¡Ah! Como yo quiero a mi padre y a mi madre, voy a dejar de hacer X que ellos me están diciendo que les sienta mal porque me han dicho que el estrés crónico es perjudicial, y yo no quiero poner enfermas a personas a las que quiero más que a nadie."
No nos damos cuenta de que este tipo de reacciones pueden generar una falta de flexibilidad y pueden dejar a nuestros hijos (y a nosotros mismos) atascados en las pautas previsibles:
No puedes aguantar mi desorden, ¡quizá no deberías vivir aquí!
Siempre estás estresado, ¿qué más da lo que haga yo?
Te vas a poner como loca igual, para qué voy a intentarlo...
Prestemos más atención a nuestras quejas:
¿Cuál es el objetivo?
¿Qué necesitamos nosotros? ¿Qué necesitan ellos?
¿Qué responsabilidad tenemos cada uno de los dos?
¿Qué mensaje transmitimos, los dos?
¿Cómo nos lo estamos comunicando?
¿Qué pasaría si un amigo, la pareja o un colega nos hablasen de la misma forma que nosotros a ellos? ¿Les atenderíamos? ¿Sabríamos qué hacer o qué decir, o sentiríamos un peso de mil toneladas cayéndonos encima y nos veríamos como seres culpables, angustiados, incompetentes, avergonzados, incapaces de cambiar nada, y ya no digamos de comprender el corazón de otra persona?
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.